Sin apenas tiempo para vivir se aferraron a la casualidad del momento caprichoso; sin casa que compartir, se tropezaron sus cabellos y sus años en una ventana abierta en la imaginación. Una mujer sin nombre, un hombre que gastó el suyo; la fuente de las palabras dejó de vomitar sapos negros y verdina maloliente; para comenzar a conocerse no está nada mal darse un baño de cosas que contar mientras el agua refresca y alivia sus vidas.
No sabemos donde vivimos, ignoramos el lugar que pisoteamos como gigantes agarrotados por la mediocridad y la rutina; no me importa saber el número de su casa ni el nombre de la calle, ella se instauró aquí y ahora habita entre mis puñados de canciones y mis abrazos al vacio. De vez en cuando abro una botella de nostalgia para darme un latigazo de realidad.No sé como sabe el vino en sus dedos, ni como le hace daño el zapato que se calza con coquetería, sólo sé que al imaginarla llegar, siento que voy a estar bien acompañado. Sin ser demasiados ruidosos ni dados a la algarabía sentimental, todo es una carrera continua en las venas, en la sien, en la nuca; no es nerviosismo ni dudas, tan sólo es un estado de bienestar que debería ser permanente.
Es tan difícil hallar a alguien que merezca la pena para compartir nimiedades y complicidad, como fácil es abandonar y regalar tu vida a alguien que jamás sabrá ni como alborotarte el pelo y el alma.
Sálvame: que yo me condenaré contigo

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